17 de agosto de 2011

Paquito.

Paquito nos enseño que el poder no lo tiene lo justo y moral, que la fraternidad es cosa de rojos, y que la igualdad es para débiles. Nos inculcó que la religión, la violencia, y la intolerancia era el pan de cada día. Nos prohibida hablar en grupos de más tres personas, y cuando más esplendido estaba se dedico a crear pantanos, algo positivo. Paquito nos dejo como herencia, miles de fosas de fusilados, familias rotas por la venganza y el dolor. Nos dejo en herencia un grupo de fascistas, que aún hay demuestras su poca cordura. Paquito se paso por el forro de los cojones los derechos humanos, y invadía la intimidad, de ciudadano a píe, acosaba y extorsionaba a los que no pensaban como él. Se encargo de entrenar a una serie de sabuesos para que apretaran el gatillo, llevandose las almas de hombres, hermanos, de mujeres. Sin importar la condición o el motivo. Paquito nos dejo un monumento que recuerdo represión, dolor y la separación de un país. De una guerra que dividió hermanos, familias, pueblos sumidos a la desesperación. Paquito nos alimento con las cartillas del hambre, nos educó con la ideología del fascismo, donde el hombre queda reducido a la voluntad del dictador. Donde el arte, la expresión del ser humano y cualquier forma de comunicación quedaba expuesta al gusto, y represión de Paquito.
Paquito fue un atraso para la cultura española, nos enseño que un metro y medio, calvo, y con bigote a la moda fascista, puede llegar a sembrar el pánico en un país entero. Nos enseño que cualquier persona con afán de destrucción, puede llegar al poder. Nos enseño a odiar una ideología, un pensamiento. Paquito fue el mayor maestro del caos, de la vergüenza y del horror.

Mi vecina.


Las paredes son de terciopelo, y tan finas como el velo de una novia, y no son todas pero si la mayoría de las noches y de los días en los que oigo, y me aterro, el infierno de su alma atormentada. Es una chica de una edad temprana con mucho más sueños, que ilusiones y que su sonrisa habla por si sola, es feliz. Aunque los monstruos de bajo la cama arañen, golpeen y intenten consumir hasta el último pedazo de esperanza.

Y es que lo que aparentemente es una familia feliz, donde madre e hija, se cuentan hasta la última lágrima. Le falta tiempo a la madre para cambiar de parecer y distorsionar la realidad, lo que le hace sentirse mal. Y es que en la oscuridad de la despensa de una familia, las cosas se suelen tornar a oscuras, y esta no es menos. Nada de lo que hace, mi vecina, está bien. Convirtiéndose en una pesadilla, el simple echo de respirar. Y es que cuando amanece no sabe ni desayunar caricias y apoyo, o por el contrario como sucede la gran mayoría, un tazón de gritos, mezclado con insultos, voces y golpes que impactan a primera hora del día y que no se van hasta bien entrada la noche.

Con el paso de los años, esto se ha convertido en rutina y ya no oigo ni los lamentos, ni las lágrimas que caían como balas de fuego de mi vecina. Ahora solo oigo ladrar a su madre, diagnosticar un futuro incierto para su hija, y humillar todo lo que aún queda de ella.

Pero el día sigue, y nunca verás tirar la toalla, sale de la puerta, con sonrisa y su mente en blanco, es mucha práctica pero ya su cerebro borra automáticamente esos momento del día.

Pero queda el dragón, que se esconde y aparece furioso muchas noches, inundado en cerveza. Y con los años tomo por costumbre descargar la ira contra ella, muchas veces con razón, porque siempre fue una rebelde de cabeza a los pies, pero nadie se merece paliza tras paliza, y la humillación de no poder defenderte de los golpes directos al alma, que la dejan moribunda, tirada en el suelo, con la ilusión desquebrajada y las ganas de vivir al mínimo.

En los últimos años, se puede decir que plantó cara, y no dejo que golpearan su cuerpo como un saco de patatas, quedándose de pie, con la mirada inquisidora, y la rabia concentrándose en cada poro de su piel, dispuesto a defenderse de un golpe, pero...¡Quien sabe por qué! Nunca sería capaz de devolver cada herida que nunca cierra, ni cada golpe que deja huella. Porque, mi vecina, está convencida que por la violencia nunca se llega a buen puerto.

Las apariencias engañan, las familias esconden oscuros secretos, y los hijos los sufren. Tienes dos caminos, seguir el camino de los monstruos de bajo la cama, o volar en otra dirección. Puedes odiar por el resto de tus vida, e injustamente abandonar el vocablo, mi familia. O por el contrario puedes quererlos por ser quienes brindaron tu vida, pero no quererlos como quien acaricia cada paso que das, si no como quien te ayudo a ser más fuerte.

Mi vecina moriría con el tormento de su primeros años de vida, y el dolor quedará inscrito en las paredes, y ni el tiempo ni la lluvia borraran del aire que se respira los insultos, los golpes, las lágrimas derrochadas. Pero pronto será un punto y final, y el recuerdo será lo único que produzca miedo, o escalofríos, al frágil cuerpo de mi vecina. Porque ella misma me enseño, que no hay bien que por mal no venga, y viceversa. Porque la vida es una montaña rusa, y el cielo está muy alto. No importa quien es el bueno o malo de la película, porque al final todos mueren en el mismo acto.

16 de agosto de 2011

Como una cactus.

Y es que desde pequeña, he sido como un cactus, sin mucho agua que regalara mis días y mis noches he sabido crecer a ras del suelo, y fuerte defenderme del día a día, que roba hasta el último suspiro del alma retorcido y atormentado.
He sabido crecer dentro de un frasco de cristal, sin más amor que el de un cuenta gotas, sin más odio que la tierra que empapaba mis ilusiones, y las raíces de mi filosofía se han criado junto a mis ganas de seguir creciendo, cuesta arriba, cielo arriba.
He sabido cubrir mi cuerpo con espina, con un muro de cemento igual, mi corazón, dejando varias ramas en las batallas a corazón descubierto, pero recuperándome como los soldados de una guerra. Y es que desde pequeña, he sabido esquivar las cálidas espadas del sol, los insultos directos al corazón, y los días de viento en el mar. He sabido huir, corriendo cuesta arriba de los golpes a mi frasco de cristal.
Y ahora que ya soy mayor, he sobrevivido, he resurgido de las cenizas, he sabido respirar bajo la tierra, echando agua a las heridas del sol. Y en mi ha crecido un flor, una hermosa flor, que a pesar de las espinas que protegen mi alma, no ha sido excusa para nacer una flor en mi interior. Una flor que descansa sobre mis ramas, que acaricia mis heridas, y atrae la felicidad.
A veces, me gusta recordar que ser un cactus, fue mi salvación, pero ahora que soy mayor, esa etapa de dolor, desesperación ya falleció, dejando en su vacío, una hermosa flor que escala hasta el cielo más alta.

30 de julio de 2011

Revolucionario.


Si ser un revolucionario, un indignado, anónimo héroe de la libertad...
es ir en contra de la Ley, del Estado, de la Justicia. Si serlo significa abrazar la
violencia en las palabras, atentar contra la represión del opresor, y alzar el puño
en un sin fín de emblemas de revolución. Si serlo significa correr calle arriba,
cubrir el rostro con sonrisas y los puños con flores de porcelana.
Entonces yo, seré revolucionaria por siempre, porque tengo sueños, tengo ideales.
Y las ideologías están echas a pruebas de fuego, porque la esperanza y la libertad
no tiene dueño ni cadena que la corrompa, porque el alma de un revolucionario es
tan libre como el canto de un amanecer.
Podrás matarme, podrás callarme, podrás silenciar mi corazón, podrás encarcelar mis
puños y mis versos, podréis acabar con nuestra reputación y el verdadero motivo
de nuestra lucha...Pero alguien me dijo que los ideales son a prueba de balas,
y que la fuerza y la ilusión, los sueños son los que a pesar de los golpes, mantienen
viva la llama, la sangre guerrera de un revolucionario.
Y si serlo, significa ir en contra de la Ley, del Estado, de la Justicia, entonces seré
rebelde hasta en la manera de respirar y caminar.